La casa de los padrinos Olivera: los recuerdos de infancia de Adriana Olmos
¿Te acuerdas de esos rincones de la infancia donde el tiempo parecía detenerse entre el olor a maderas, dulces caseros y patios llenos de tamariscos? Sumamos una pieza hermosa y puramente sensorial a nuestro rompecabezas de la mano de Adriana Olmos, quien nos abre las puertas de sus recuerdos más profundos en la casa de sus queridos padrinos, la familia Olivera. A través de sus ojos de niña, viajamos a un refugio lleno de magia cotidiana: el sonido de los pisos de madera, una hamaca colgada en el patio, el juego de ollitas que la esperaba para jugar y el perfume a incienso mezclado con el andar silencioso de los gatos.Con una ternura infinita, Adriana recuerda a su "abuelo" —aquel hombre que a su mirada infantil le parecía altísimo— y a su "abuela", una mujer risueña aficionada a la cocina que la recibía siempre con alfajores caseros. Aunque no eran sus abuelos biológicos sino sus padrinos, el amor no entiende de títulos y en su infancia los quiso con el alma.
Contexto Histórico
El testimonio de Adriana Olmos conserva una memoria de infancia construida principalmente a partir de escenas cotidianas y sensoriales vinculadas con la casa de sus padrinos Olivera. En su recuerdo aparecen el piso de madera, los alfajores preparados en la casa, una hamaca, un juego de ollitas reservado para ella, los tamariscos del patio, el aroma a incienso y la presencia de gatos. También recuerda a quien llamaba su abuelo como un hombre que le parecía muy alto y a la mujer que la recibía como risueña y aficionada a cocinar. Adriana aclara que aquellas dos personas no eran sus abuelos biológicos sino sus padrinos, aunque durante su infancia los sintió y quiso como abuelos. La ubicación de la vivienda, los nombres completos de sus padrinos y el período preciso al que corresponden estos recuerdos permanecen abiertos a futuras precisiones.